viernes, 25 de julio de 2014

La quiebra del silencio*






Empezaba a caer la noche sobre el pueblo. De la iglesia salía el rumor del mujerío rezando el rosario. El centinela de la Comisaría dormitaba apoyado en su fusil y con la cara infantil casi escondida dentro de su casco de plástico. Las vacas dormitaban en la plaza, echadas sobre sus enormes panzas, y rumiando su vieja pereza.

En el taller y herrería de don Facundo, una linterna daba luz y otra luz más intensa, azul, se desprendía del soplete que soldaba hierros bajo un camión elevado sobre tacos de madera. En la Seccional, dos hombres jugaban a las damas, y el mayor movimiento estaba en el Bar Billar El Arribeño, cuyo orgullo era la mesa de billar recientemente adquirida, a esa hora bastante nutrida de jugadores y mirones. El silencio crepuscular hubiera sido completo si no fuera por el golpe de los maderos sobre las bolas del billar, y la lejana música de los altavoces del Club 15 de Junio, anunciando el baile y elección de reina del próximo sábado.

Entonces llegó el visitante.

Manejaba un automóvil azul lustroso, pero cubierto de polvo. Lo vieron detenerse en la posada, entrar, volver a salir a recoger unos bultos de la baulera del coche y regresar adentro. Poco después reapareció, se sentó al volante e introdujo en el patio el vehículo que estacionó debajo de un árbol.

Mucho más tarde, el oficial de patrulla llegó a la pensión y preguntó a don Segundo si había registrado los documentos del viajero. Azorado, el posadero confesó que se le había olvidado. Prometió que mañana a primera hora cumpliría con su deber administrativo.

-¿Es gringo? -preguntó el oficial.
-Parece -dudó el posadero-. Habla bien el castellano.
No agregó que aquel hombre, de pelo demasiado largo para su gusto, y con barba que bien mirada era bastante sospechosa, todo de extraño color cobre, hablaba bien el castellano, pero con voz lenta, pausada, pensada, «como si pensara en otro idioma y hablara el nuestro».

-¿Trajo equipaje?
-Una valija y un bulto -contestó el posadero.
-¿Bulto? ¿Dijiste bulto, don Segundo?
-Sí. Un bulto -lo pensó mejor- o una funda. O un estuche grande. -Y extendía los brazos y abría las palmas para indicar el tamaño del bulto, o la funda, o el estuche.

El oficial salió al patio, atravesando el comedor a esa hora desierto de clientes.
Observó el automóvil debajo del árbol. Sonrió. En ese árbol dormían las gallinas, y el auto se estaba cubriendo de salpicones de mierda. Regresó a la posada. Mirando pensativo al posadero.

-Así que un bulto... -habló como para sí.
-Bastante alargado -informó el posadero, que veía asomar una sospecha en los ojos del oficial e intuía que mejor era colaborar.
-¿Dónde está?
-En la pieza de arriba, con balcón.
El oficial subió las escaleras, tras hacer señas a los dos soldados de la patrulla que lo esperaran abajo. No le daría motivo al posadero, ni a nadie, para pensar que era un flojo. Golpeó la puerta, y esta se abrió enseguida. La gran flauta -pensó el oficial- parece Tarzán. El hombre con su cabello largo y su barba que parecía haber retenido la luz de la luna, estaba desnudo, salvo un calzoncillo anatómico. Alto y musculoso. Sonrió con mansedumbre.
-¿Señor?
-Quiero pasar.
El hombre se hizo a un lado, pasivo, sonriente, tenso como quien quiere paz con el mundo y consigo mismo. El comisario penetró en la habitación, donde había una lámpara encendida.

-¿Sus documentos?

El visitante asintió. Hurgó en un bolsón de mano que decía «Eastern» y sacó una libreta verdosa y se la pasó al oficial. El oficial la examinó a la luz de la lámpara. Carajo, en inglés. Empezó a hojear y vio sellos de distintos tonos de azul, de verde, y hasta de rojo que decían Tel Aviv, Hong Kong, París, Amsterdam, Tokio.
-Soy canadiense, señor -le ayudó el extraño.
-Ya vi eso -respondió el oficial, que realmente no había visto más que aquellos sellos
-Canadá. Mucho frío por allá -opinó, irritado de ser considerado un ignorante, y él conocía Canadá, porque había visto una película con trineos tirados por perros y con la gente que se hundía en la nieve hasta las rodillas.

Le devolvió el documento.
-Mañana se me anota abajo.
Dio un vistazo circular a la pequeña pieza. Allí estaba, negro, alargado, lustroso, el bulto, o funda...Se tensó. Sin disimulo, soltó el broche de la pistolera.
-¡Siéntese en la cama!
-¿Cómo dice, señor? -no cesaba de sonreír.
-¡Que se siente en la cama!
-Sí señor -obediente, el atleta se sentó en la cama.

Cuidando de no dar la espalda a aquel hombre que mentalmente ya había bautizado Tarzán, el oficial se acercó a la mesa donde reposaba el bulto, o funda... o lo que fuera. Tenía un larguísimo cierre de cremallera, de uno a otro extremo. Comprobó que la empuñadura de su revólver estaba a mano, y de un tirón, corrió el cierre de la cremallera. Adentro era de un suave terciopelo rojo, y sobre el rojo, brillaba deslumbrante un instrumento musical.

-Es una trompeta -se oyó la voz modulada con cuidado que venía de la cama.
-Conozco lo que es una trompeta -respondió irritado el oficial-. ¿Es músico?
-Digamos que sí -el hombre sonreía.

El oficial extrajo el instrumento. Olvidó un poco su empaque de autoridad. Aquel metal dorado era cálido, amistoso, perfecto y bello, pulido y suave, de carne de mujer aparecida en sueños, con cuatro botones de plata para una túnica de sonidos.
-Es lindo...-murmuró, y regresó la trompeta al estuche, y decidió marcharse.
Ya en la puerta se volvió. -¿Hasta cuándo se queda?
-No sé.
Poco satisfecho con esta respuesta, descendió la escalera. Don Segundo lo miraba con miedo y curiosidad.
-Era una trompeta -le informó el oficial.
-¿Es norteamericano? -preguntó el posadero.
-De por ahí cerca.
Y se marchó a continuar su ronda nocturna, seguido por los dos soldados, enojado por el ruido que hacía uno de ellos cuando masticaba la galleta que llevaba en los bolsillos, que le impedía pensar en aquella cosa de carne de oro, dormida sobre terciopelo rojo, como debe dormir la Diosa de la Música -dudó- si la Música tiene Diosa.

-¡Sí señor, un bife grande con cuatro huevos fritos! No señor tocino no hay.
-No. Jugo de naranja no pero le puedo hacer jugo de pomelo, de allá del patio...
Sí, señor. Su auto está lleno de caca de gallina, señor.
El hombre sonreía despreocupado. Y comía. Y bueno, que se agarre un cólico cerrado, si quiere, y que su auto se llene de porquería esta noche.
Y el posadero volvía a lo suyo.

El hombre terminó su desayuno y salió a caminar por el pueblo. En el Bar Billar alguien dijo que el gringo ese parece que tiene pila, le mira a uno y sonríe. Una vendedora en el mercado, de vieja a vieja, le murmuraba a otra que «O yoguaitépa Nuestro Señor Jesucristo pe». Y el rumor creció en el mercado, y se aposentó en las cocinas, paró las máquinas de coser, circuló entre las viejas que bajaban la voz en susurros reverenciales. El hombre se parece mucho a Nuestro Señor Jesucristo.

El golpeteo sobre los morteros de madera cesó y la molienda de maíz tuvo una pausa.
En alguna olla de hierro el chicharrón se iba quemando, y la jalea de guayaba se pasaba de punto en los hervidores de cobre. Y un santo quedó sin su vela y un difunto sin su aniversario. El horno de barro sobre estacas perdía su calor acumulado.

Corredores quedaron sin barrer, y las aguas del cántaro sin renovarse, y los huevos no fueron recogidos de los yuyales. Doña Luz, orgullosa de su blancura fue a visitar a su comadre y se olvidó de su sombrilla eterna. Don Servando se fue furioso al Establecimiento después del imperdonable mate frío que le sirvió ña Cayetana, con aire ausente y distraído.

Oyoguaitépa Jesucristo pe...
Reían las jovencitas irreverentes y decían que Nuestro Señor no maneja autos y que el hombre era churro como en el cine, deseando más que nunca ser elegidas reinas del 15 de junio.

El oficial, sentado en su Comisaría y con su deber de saberlo todo, no cesaba de pensar en el hombre aquel. Y en su trompeta. Con su instinto afinado de autoridad, parecía asomarse a una conclusión inquietante. Con la llegada de este hombre, algo estaba cambiando. O algo se estaba quebrando. Lo malo era que no sabía qué. Decidió no decirle nada al Comisario, porque al final de cuentas, no tenía nada que decirle. Pero la inquietud volvía. Había más gente por las calles. Más ruido y más ventanas abiertas en las casas. Y se hablaba más, como si el hombre hubiera hecho un agujero en viejos diques de silencio. Miró por la ventana, y hasta el cura había perdido su costumbre de estar ausente, porque se le veía pasear por la plaza, meditando, con las manos cruzadas sobre sus flacas nalgas.

Paseando, sin prisa, dándose tiempo a pensar más hondo.
Lo inesperado sucedió al caer la noche. El hombre salió de la posada con la trompeta en la mano. Cruzó la calle y penetró en la plaza, donde antes había pasto, que las vacas se habían comido, y un «parque infantil» con tobogán y hamacas que colgaban destrozados, pero sobrevivía un banco despintado, sobre el pedregullo suelto de lo que debió ser la Avenida de la Iglesia.
El hombre se sentó en el banco, se llevó la trompeta a los labios, y emitió un sonido áspero. Un chiquillo, valeroso, descalzo, y con mundos de inocencia en los grandes ojos abiertos se había acercado al músico. Él le sonrió, se levantó, hizo una reverencia y murmuró:

-Bienvenido al concierto.
Volvió a sentarse, y decía al chiquillo:
-El Réquiem, de Mozart.
Y después, agregó:
-Es música para los muertos.
Fue demasiado para el niño, que huyó a llevar la noticia. El extraño tocaba para los muertos.

Entonces la música empezó, y el pueblo y las cosas y las personas quedaron detenidas en el tiempo. Un taco de billar quedó a medio camino.
En la Iglesia el rumor llegó apenas susurrado al «Ruega por nosotros, pecadores...» y se diluyó. El cura perdió el hilo de las cuentas del rosario.

Todo quedó pendiente del purísimo sonido del metal, el cielo y la tierra se volvieron música, y la música era un enorme lamento que era la suma de todos los lamentos por todos los muertos. Gentes se aproximaban, convergían en silenciosa, espectral procesión hacia aquella fuente de sonidos doloridos e impetuosos, y un círculo humano, respetuoso y silente, rodeaba al extraño, que tenía las mejillas rojas y los tendones del cuello tensos, y los ojos cerrados para mirar mundos más allá del mundo y oír silencios más allá del silencio de las estrellas del cielo.

Dentro de la iglesia, al rumor de los rezos reemplazó aquella vibración que rajaba el alma con puñales de cristal, para que las almas perdieran sus viejas cáscaras y se asomaran al borde de un abismo de luz de donde surgía una tentación de maravillas,
y del conocimiento de la verdad última de lo sobrenatural. Ni el mismo cura escapó a la seducción, contenía la respiración e inspiraba de a poco, como si quisiera respirar la música que flotaba en el aire y se adueñaba de todo.
Manto espeso de dulce tragedia, resignación iluminada, peso funerario y triunfal al mismo tiempo, genio que no vence a la muerte pero la viste de majestad, el Réquiem de Mozart se abatió sobre aquella inocencia cruel y raigal del pueblecito perdido, y la mujer y el hombre, la anciana y la viuda, sintieron que sus muertos estaban allí, en medio de las sombras, respirándoles en la nuca un aire cálido de tristeza y salvación.

Terminó la música. Y un silencio más ensordecedor que todas las ovaciones de todos los teatros, premió al músico, que sonrió, hizo una reverencia y se alejó con su paso largo con rumbo a la posada.
La multitud no se dispersó, rodeando el banco vacío. Una anciana se santiguó.
El Presidente de Seccional quiso decir «I porá», pero se le atragantó la palabra. Y el oficial se alejaba deprisa hacia la comisaría, bajando la visera de la gorra sobre los ojos, no sea que vieran que le corrían lágrimas, y más curioso que nunca de saber qué diablos estaba pasando en el pueblo.

El día siguiente, en la posada, el extraño comía en una mesita que pidió se colocara en el rincón más alejado. En otra mesa almorzaban el Presidente de la Seccional, el Juez de Paz y el Comisario, y en otra más alejada, un robusto chofer de camión ganadero con dos ayudantes, bulliciosos al principio, pero algo inquietos después al observar que el Comisario, el Juez y el Presidente hablaban en susurros, consideraron prudente hablar también ellos en susurros. En una cuarta mesa, el oficial que tenía delante sólo una botella de cerveza, se preguntaba por qué aquellos tres hombres llenos de poder hablaban con voces tan quedas. Y se hubiera reído si no fuera inconveniente cuando llegó a la conclusión de que la presencia del gringo los sobrecogía, como a él.
Poco después llegó el cura, se dirigió directamente a la mesa del extraño que estaba devorando su postre, una piña entera, y enjugándose la boca y la barba húmeda con la servilleta se puso respetuosamente de pie.
-Por favor, siéntese -pidió el cura.
-Usted primero, Padre.
El sacerdote se sentó frente al hombre, unió las manos sobre el mantel.
-Lo de anoche fue hermoso.
-Gracias, Padre.
-¿Piensa seguir tocando?
-No le entiendo, Padre. ¿Perdón?
El cura sonrió azorado.
-Perdóneme a mí. ¡Preguntar a un músico si seguirá tocando! Es tonto.
La pregunta es si piensa seguir tocando en el mismo sitio y a la misma hora.
-Sí, hora.
El extraño iluminó su perpetua sonrisa.
-Perdone que me ría, Padre. Un médico, allá lejos me dijo que me olvide de la hora o me volveré loco. Por eso estoy aquí, el lugar más aproximado al lugar donde no existe el tiempo -rió-. El médico me decía que tengo el cerebro intoxicado de tiempo, y de prisas, y de relojes, y camarines y grandes telones de terciopelo.
El oficial, que no perdía palabra, se platicaba a sí mismo que el diagnóstico y la cura habían llegado tarde. El pueblo, su pueblo, un lugar donde no existe el tiempo.
Locura.
-Entonces le diré de otra manera, señor -decía el cura- comprendo que Ud. toca, como...
-No encontraba la idea.
-Como un acto de liberación, Padre. Toco cuando siento ansias de tocar. Entonces, no me pregunte dónde y a qué hora.
-Entiendo, entiendo -decía el cura, que sólo entendía a medias- ¿Pero me aceptaría un ruego?
-Sí, Padre. ¿Qué?
-Si siente ganas de tocar a la hora en que mis feligreses rezan, por favor, aguante un poquito, hasta que terminen.
-Lo haré, Padre -contestó con humildad el músico.
El sacerdote se levantó, le estrechó la mano.
-Gracias. Es Ud. un buen hombre. Y un gran artista. -Soltó la mano del músico, hizo un ademán para marcharse, pareció vacilar, se volvió de nuevo al hombre y preguntó-. ¿Es Ud. católico?
-Creo en Dios, Padre.
-¿Qué Dios?
-No puedo describirlo, Padre. A veces veo su rostro reflejado en mi trompeta.
No es nada chistoso, se decía malhumorado el cura. ¿Se había burlado de él? ¡La cara de Dios en la trompeta! Regresó a la Iglesia.
Loco. Definitivamente loco, coincidió con él, sin saberlo, el oficial.
La tarde del mismo día, las rezadoras parecían distraídas, con el oído atento a los sonidos de afuera, y al cura no le sentó nada bien semejante conducta. Entretanto, en la plaza, el círculo se iba macizando en torno al banco vacío, pero el músico no apareció ese anochecer, ni en el del siguiente, ni en el del siguiente.

Un sentimiento de vacío entristeció el corazón del pueblo, y al quinto día, ya no había gente esperando frente al banco de la plaza.
A los siete días, la rutina había vuelto, y más o menos los pocos que pudieron entender las explicaciones del oficial, también tuvieron una idea de la conducta del músico.

-Es un gran artista, pero tiene stress -explica a el oficial, y callaba, esperando que esa palabra bárbara, stress, penetrara en las mentes de sus oyentes. Él conocía su significado, pues se lo había dicho el mismísimo cura-. Es una enfermedad de la cabeza -continuaba- de repente se piensa y de repente no. De repente se hace y de repente po se quiere hacer. El cerebro funciona medio caprichoso. Al hombre le da un ataque cuando ve un reloj -esto último lo había inventado por su cuenta, y después finalizaba con una sentencia inapelable-. Desde luego, todos los artistas son medio locos.
En los días siguientes, todo el mundo hablaba de «stress». La enfermera de Puesto de Salud aseguraba que era consecuencia de tomar demasiado pastillas. En plena sesión de la Seccional, el Consejero Honorario, de ochenta años, y que había perdido un ojo en 1947, decía que es como «una lepra del pensamiento». Su esposa, ña Emerenciana, oía las explicaciones y decía que el stress era como cuando el pombero toca a los perros, que amanecen enloquecidos, y aseguraba que al gringo seguro que le tocó el Demonio.
Llamó también la atención que desde la visita del sacerdote, el hombre se había encerrado en la pieza, donde el posadero le llevaba la comida. Y las almas supersticiosas pensaban que su demonio había quedado con miedo.
Todo empezó a renovarse cuando cerca de la medianoche, irrumpió el oficial en el Bar Billar, anunciando que el extraño estaba sentado en el banco de la plaza. Unos acudieron en tropel, otros fueron a despertar a sus mujeres. El cura se enojó cuando el sacristán le arrancó de su placentero sueño, pero se levantó y sin sotana, salió a la plaza. Cuando llegó, la concurrencia ya era numerosa, esperando, en silencio, mientras el músico, con la mirada perdida, pasaba una franela sobre el lustroso metal de la trompeta. Y todos lo notaron. La barba y el cabello mucho más crecidos, las mejillas antes lozanas, de un desvaído gris-rosado y los ojos hundidos, como si tuviera fiebre.
Pareció recobrar algo de su apostura entre inocente e irónica cuando se puso de pie, hizo una reverencia y murmuró:

-Bienvenidos al concierto -sonreía.
No es su sonrisa de siempre -observó el oficial-. No sonríe, muerde la sonrisa.
-Louisiana -decía el músico-, tierra de algodones y de esclavos negros que soñaban con su perdida Patria africana. Querían lanzar a la cara de Dios su tristeza infinita. Y encendían fogatas en la noche y cantaban con lamentos de leones ciegos.
Hombres y mujeres asentían respetuosos. El sacerdote sintió un escalofrío. Lamento de leones ciegos. La totalidad de la tristeza.

-Pero Dios, o sus dioses de troncos labrados no alcanzaban a escucharlos -continuaba el músico-. Y entonces un negro encontró una trompeta, bella como esta, sopló, y allí estaba el sonido para los oídos del cielo, o de todos los cielos que inventa el hombre para no perder la esperanza.

El oficial se preguntó si no era llanto lo que brillaba en los ojos del extraño.
-Damas y caballeros... -no tomó asiento. Tocó de pie, soplando con una energía inconcebible y girando, retorciendo el cuerpo esbelto, apuntando el instrumento al norte, al sur, al poniente y al occidente, al paraíso y al infierno, con esa poderosa protesta de almas múltiples y encadenadas, precipitando rebelión, ira, alegría que llama a una esperanza lejana. Y entonces cada hombre, cada mujer, anciana, viuda, niña, soldado y civil, sintieron suyos esa música, que hablaba un idioma que por fin había encontrado una traducción en cada soledad, en cada asfixia, en cada presentimiento de otro espacio donde el aire que se respira no es pecado sino límpido y puro.

El hombre terminó de tocar. Miró demudado cada rostro de la concurrencia, se sentó en el banco, y se echó a llorar como un niño, y la gente asistía al llanto con la misma reverencia con que había escuchado la música.
-Pobre hombre, merece consuelo -se dijo el oficial.
Pero el cura se había adelantado, pues ya estaba sentado al lado del músico, le pasaba un brazo protector sobre los hombros y le murmuraba que Dios tiene un consuelo para cada dolor y que debemos orar juntos y...
Pero el músico no pareció oír, se levantó y se dirigió a la pensión, con la trompeta brillando a la luz de la luna.
Desde entonces, el músico no paró de tocar.
Siempre a medianoche, sin perder nunca su cortesía algo cínica, para el gusto del oficial, y con «esa cara que se muere cada día», según escribía el sacerdote en su cuaderno de notas, que alguna vez serían sus memorias.
Con un trozo de Carmen, de Bizet, incendió las almas varoniles y el oficial se vio así mismo a caballo y con armadura en un desfile triunfal, llevando en pos una ristra de cautivos encadenados.
Los pulmones se ensanchaban hasta una dimensión celeste y triunfal con Aida, de Verdi. Otra noche, los hombres entrevieron entre brumas azules como vapores de una nube caída, la silueta y el rostro de una mujer, suma de todas las mujeres y síntesis de todos los sueños, que se llamaba Leonora, cuya belleza inalcanzable había pintado con música un tal Beethoven, sordo, según el músico, que había dicho también que «hay que ser sordo a todos los sonidos para alcanzar el límite del verdadero sonido» (apuntes del sacerdote) que nadie entendió, pero todos presintieron que era una verdad absoluta.

-Me quebranta el hombre -decía el posadero-. Hace días que no come.
El oficial se preocupó. Había empezado a ¿respetar?, ¿querer?, ¿venerar?, al hombre extraño que desparramaba genio en el pueblo. Consultó con la enfermera del Puesto, que no supo darle una explicación satisfactoria. Y entonces coincidieron en opinar que todos los artistas son medio locos. O medio divinos, se dijo para sí el oficial, recordando alguna lectura olvidada.
A medianoche, a la hora exacta de medianoche, cosa rara en un enfermo de la cabeza que odiaba los relojes, colegía el oficial, ya se encaminaba el músico al banco de la plaza. Aquella puntualidad inquietó al soldado, como que la medianoche es la hora de los rituales misteriosos. Bah, cosas de películas de miedo.

Su público estaba esperando, un poco inquieto porque en el cielo pesaban nubes de tormenta, y relámpagos destellaban en el horizonte. El músico probó su instrumento disparando algunas notas. Después, tras la acostumbrada inclinación ante el público, anunció.

-La Marcha Fúnebre de Beethoven.
Lo de fúnebre no sentó bien a nadie. La noche era muy obscura, el cielo muy iracundo. La muerte parecía demasiado cerca. Pero el músico no se dio por enterado. Empezó a tocar. Y a caminar. Tocaba caminando al mismo ritmo que su música, cruzó frente a la Iglesia, encaró la calle, dobló en una esquina, después en otra. Era obvio ya que el concierto era para el pueblo, cuyas casas más importantes rodeaban la Iglesia. Tocaba aquella música estremecida, triste y marcial, como para la muerte de los héroes.

Y su auditorio, compacto, silente, marchaba tras él, siguiendo el mismo paso, aterrado por esa apertura de las puertas de un más allá temido. El cura no se sumó al auditorio caminante. Es una procesión malsana bajo las iras del cielo -se decía-. Es una procesión de la muerte.
Y se sobrecogía cuando estallaba el trueno como un enojo de Dios, pero oh fuerzas diabólicas, la música era más que el trueno. Un trueno interior germinando en el silencio de los sepulcros. La lluvia cayó torrencial y la procesión se dispersó, pero el músico siguió tocando, y de la trompeta salía un gran gorgoteo de agonía. El cura se hizo la señal de la cruz y corrió a refugiarse en la Iglesia, y allí estuvo hasta que la música cesó, ahogada por el torrente que caía de las alturas.

Lo encontraron muerto en la mañana mojada de lluvia e iluminada por un sol lavado.
Fue simple, prosaico, siniestro. Había puesto en marcha el motor de su automóvil, conectó una manguera al escape, cerró las ventanillas y aspiró muerte hasta morir.

El oficial encontró dinero -dólares- en el equipaje, y se lo entregó al Juez de Paz. Hubiera querido quedarse con la trompeta, pero se la llevó el Presidente de Seccional. Se le hizo un entierro decente, con gente, mucha gente, muy silenciosa, que aún tenía en los oídos aquella marcha fúnebre bajo el tronar del cielo. El automóvil quedó cargo del Juez de Paz como «arma homicida». Lo guardó por un tiempo decoroso, y como nadie se presentó a reclamar, empezó a usarlo como propio.

Entonces el pueblo empezó a vivir un tiempo de ausencia. Nadie se sentaba en el banco porque allí estaba ese vacío que nunca, nadie, podía llenar. La rutina volvió, pero el recuerdo persistió como un anhelo callado y compartido.
Un frío anochecer de agosto, fue el sobresalto. Hendía el silencio el sonido de la trompeta, grosero, torpe, pero era la trompeta. El pueblo enmudeció. El Presidente de Seccional sonrió.
-Es mi hijo, que está procurando aprender a tocar la trompeta -explicó.

Y entonces se inauguró una larga espera. Tal vez con el tiempo, el muchacho llegaría a tocar como el extraño. Era cuestión de esperar. Y entretanto, vivir.



*cuento de Mario Halley Mora

sábado, 5 de abril de 2014

¿Qué es la magia? Aleister Crowley te lo dice

Sobre las inesperadas similitudes entre la magia y la psicología en la obra de Aleister Crowley.

El multifacético ocultista británico Aleister Crowley consiguió ser llamado El Último Gran Mago de Occidente, al tiempo que la magia para la mente popular se convertía en un espectáculo de trucos e ilusiones para entretener a los niños –o de fantasías literarias que poco tenían que ver con la experiencia cotidiana. Crowley formó parte de varias sociedades secretas, incluyendo la afamada Golden Dawn, en la que participó también el poeta irlandés W.B. Yeats, y pudo aprender el cuerpo hermético de la magia occidental, particularmente lo que se conoce como magia salomónica (del Rey Salomón que supuestamente utilizó espíritus ayudantes para construir su templo). La magia salomónica o teurgia, postula un complejo sistema para invocar entidades angélicas o demoníacas y operar a través de ellas cambios en la naturaleza. Esta es la magia que popularmente vemos representada con hechizos, conjuros y ritos.


El lenguaje enochiano o lenguaje de los ángeles, la cábala, la goetia, los sígilos y sistemas oraculares como las runas, conforman una base teórica para articular una intención y conseguir una resonancia operativa en la naturaleza. Pero curiosamente toda esta ciencia arcana no figura entre lo que Aleister Crowley considera como la verdadera magia. Acaso como aquellos maestros que recomiendan aprender toda la teoría para después simplemente desecharla. Para Crowley la magia es fundamentalmente un sistema psicológico orientado a conducir la voluntad del ser humano al dominio de su individualidad.




El escritor Robert Anton Wilson seguramente tenía en mente la obra de Crowley cuando dijo: “La magia tiene muchos aspectos, pero fundamentalmente actúa como un sistema dramatizado de psicología”. La ritualización de un proceso psíquico como potencialización de la capacidad mental a través del símbolo y la emoción. Que el mismo Crowley reconocía que las entidades invocadas en un acto de magia eran parte de la psique humana queda en evidencia en su Introducción a Lemgeton Clavicula Salomonis, al decir “Los espíritus de la Goetia son porciones del cerebro humano”.


Crowley llamó a su sistema “Thelema”, palabra que significa voluntad. La voluntad, como en la filosofía de Schopenhauer y en la de Nietzsche, está en el centro de su modelo de la naturaleza. La intención, como concentración o vuelo dirigido de la voluntad, es el tema recurrente en su visión de la magia.


La magia es “la Ciencia y el Arte de provocar que ocurra un Cambio en conformidad con la Voluntad”. Y “todo acto intencional es un acto mágico”. Como Schopenhauer, Crowley notó que en la voluntad confluía la corriente primordial de energía del universo –por lo que para operar sobre la naturaleza solo era necesario canalizar esa voluntad, con la intención.


El ser humano, por naturaleza, tiene la capacidad de efectuar cambios en su entorno, lo único que tiene que hacer es seguir su propio camino, hacer lo que quiere. Este flujo solamente se interrumpe si no logra seguir su propio camino, si fracasa en autoconocerse. “ Cualquiera que es forzado a desviarse de su propio curso, ya sea por no entenderse a sí mismo, o a través de una oposición externa, entra en conflicto con el orden del universo”, dice Crowley en su libro Magick in Theory and Practice. Y es que “la Magia es la Ciencia de entenderse a sí mismo y las propias condiciones. Es el Arte de aplicar ese entendimiento a la acción”. Una definición de la magia que parecería propia de un manual elemental de psicología, sobre la importancia de ser uno mismo.


El secreto de este sistema de magia basado en la individualidad, en el auto-entendimiento y en el ejercicio del autoconocimiento yace en el principio de que el individuo es una imagen microcósmica del universo (o de Dios). Entonces, si una persona aplica este entendimiento, al usar su intención, estará usando la intención del universo –una intención con una potencia de identidad divina. Así es que opera la magia.




jueves, 27 de febrero de 2014

Corderitos que no encuentran el camino*



Foto tomada de su página en facebook

Un viernes cualquiera fuimos a ver, por segunda vez, a la banda del momento, The añamemby's band. Ellos dicen que vienen de Tobati, en realidad no sé de que agujero salieron, pero la experiencia después de verlos es shockeante. Acá un intento de escrito sobre ellos, seguro la pífio en todas, pero va igual.

Esta es una de esas bandas que no sabés exactamente como describir, por ejemplo; este escrito estaba guardado hace como un mes en mis archivos, le daba vueltas. Hoy las aguas que cayeron me devolvieron las ganas de escribir. Y solo puedo dar vueltas, parar, respirar y decir que The añamemby’s es una de esas bandas que ves, escuchás y te enamoras u odias.

Pride and joy

Los conocí días previos a la gala del 12x8 festival de blues[1]. Los organizadores del festival iban compartiendo los videos de los participantes, un día me puse a ver todos los videos. En ese tiempo andaba deseando encontrar un sonido renovado, quería algo distinto para diversificar los sonidos atomizadores, propios de esta época. Grata fue la sorpresa cuando abrí el material de unos vagos; sonido atrayente y atrapante con un (os) toque (s) under y unas energías que traspasaban el monitor de la compu para colgarse en mi retina y en mi cabeza. La sala, austera y con inscripciones en aerosol, varios amplificadores, cables y demás instrumentos. ¿El material? – Double stop stomp, pero con una furia contagiante, se te pegaba en los huesos y movías la cabeza, justo como el bajista. No  dudé en compartir a mis voyeuristas amigos de las redes. Algunas cayeron, como cayeron ante la melodiosa voz de Beh Hart, otras se dejaron envolver el día del festival. Si, habían avanzado a la gran gala. Esa noche fuimos en manada, –tanto insistí– al Centro Paraguayo Japonés, a escuchar, ver y sentir el sonido mágico del blues hecho en casa. Sin duda, yo los esperaba a ellos y a D'Barret. Cuando salieron al escenario revolucionaron el escenario, la armonía y el blues “bien hecho”. Todo perdió sentido. Hasta la estética políticamente correcta fue ridiculizada. No recuerdo el orden de los temas, pero cuando hicieron “Pride and Joy”, del legendario y mítico Stevie Ray Vaughan, no dejé de golpear mis congelados pies contra el piso del auditorio. Me autoregalé ese momento, me estaban haciendo a mí una de mis canciones favoritas, estaban interpretando lo mejor de Texas Flood, ese disco que en el 2013 gasté por sus 30 años.

¿El estilo? – Lo describo así “te pasó por encima, no diste cuenta, pero lo disfrutaste”. 

 

12x8, Festival de blues. Ver vídeo aquí.

 

Estos chicos eran la posta. Hasta ese momento ya se había justificado movilizarnos hasta allá con el frío que hacía y la tristeza política del momento-, vísperas de la asunción de Cartes. Estos chicos nos estaban alegrando una de las noches más tristes de la historia política paraguaya, pero en fin ese es otro asunto.

Lo primero que me impresionó fue el movimiento de cabeza de Jorge, el bajista, y su remera de Motorhëad. Pensaba en mis amigos fundamentalistas y reía y me fuí… “Un grupo bueno no es el que te hace mover un rato el pie, sino el que desata tu imaginación" – LK. 

 

Foto tomada de su página en facebook

 

Luego me fijé en el sonido que sacaba Salvioni de su guitarra. Me recordó a grandes guitarristas, y puedo decir una gran estupidez muy condicionada, pero recordé a un Joe Bonamassa joven. Y digo condicionada porque al día siguiente tomaba un bondi e iba a verlo a Bonamassa a Buenos Aires. O sea, que fue una previa perfecta.

 

Foto tomada de su página en facebook


El baterito, Junior, también tenía lo suyo. Muy atrás dejaba que el protagonismo se lleven los demás, sin embargo marcaba el ritmo de mi emoción por escuchar aquel himno de la escuela “vaughariana” que creía, ilusamente, olvidada por músicos locales. Ya que muy pocas veces lo escuché. Finalmente, Luis Carlos; el frontman con más actitud que haya visto en la escena local en mucho tiempo, poseedor de una voz envidiable. Es uno de los mejores, y trasciende a mi creencia de-que-lo-que-le-falta-a-las-bandas-locales-son-buenos-vocalistas. Sin pudor, con entrega y con conciencia de todo eso que es, nos regala un recorrido visual por todo el escenario y a los más fundamentalistas del blues un korasô perere, seguro. Ahora sonrío y me imagino lo que pensarían Son House o Robert Johnson, seguro se ríen, y entre cigarro, acordes y pactos con el diablo, le tiran un guiño a Luis Carlos, que a su vez me traía imágenes de Joe Strummer, Jhonny Rotten y Ian Curtis, en ese orden. De hecho, al día siguiente posteo en mi perfil de facebook, que lo que más me gustó fueron las acrobacias neo-punk del siglo XXI. Y su voz, su voz es una conjunción de voces perfectas y perfectibles, bella, avasallanate y profunda. Después ya me generaba confusión, no sabía si veía a una banda neo-punk versionando a una icónica canción blusera o a una banda de rock de otro país. Ya sé, las comparaciones son odiosas, pero cuando la música trasciende lo conocido y te lleva a ese lugar inhóspito de tu cabeza,  sabés que es música hecha para el alma. Y hay que tener coraje para versionar un bluesrock épico como pride and joy y salir victoriosos. No cualquiera logra hacerlo bien.


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No soy de consumir mucho rock local, no porque no haya bandas. Hay muchísimas bandas, muy buenas. Pero sucede lo mismo que sucede con bandas de otros lugares. Es, o no es; no hay discusión. Con esta banda me encandilé. Los vi muy pocas veces, pero por los reportes veo que muchas personas también se encandilan ante el talento de los amigos/hijos de Mefistófeles – quien, seguramente les pasó los tips para atrapar las mentes de las personas-.


Dueños del Cosquín

Pre-Cosquín Paraguay, ese evento que sabés que existe solo cuando faltan unos meses o semanas. No importa. Este año los dignos representantes de nuestro país son estos chicos. No me sorprende en absoluto, es más salté de alegría cuando –allá en el medio del monte– me llegó la noticia. Me “hallé” porque estaremos representados por sonidos; crudo, duro, original, tormentoso, propio... por ende, es esperable que no regresen. No creo que salven la decadencia que es el Cosquín Rock ahora, pero Palazzo no sabe lo que le estamos enviando, ojalá pudiera ver su cara cuando los escuche o la cara de Charly, ese dios que está más allá del bien y del mal. Esa actitud con la que arrasan, es la que llevan a la montaña del rock.

La actitud, es vital y ellos ganan. Estamos hablando de unos personajes que encienden guitarra y bajo. De una furia batera arrasante y de un person que se asume elegido de Bon Scott y SRV, y que además tiene tiempo de rendir homenajes a escritores y directores de cine, como al mismísimo Stanley Kubrick; con el tema “napalm” y con su montaje de “Bufón”, usando el casco con la inscripción “born to kill”[2]. Nada pretencioso.

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En cuanto a las letras de sus canciones, que también son copadas, solo puedo decir; ojalá muchas bandas, que creen que están en la cresta de ola, supieran componer, escribir y divagar como los de añamemby's, y dejen de inventar infusiones mal digeridas y con efectos suicidas. O por lo menos asuman con más actitud rocanrol[3], y para mí la actitud rocanrol es hacer lo que nos gusta, donde nos gusta y jugarse, eso básicamente. Que no importe nada, total somos inestables, cambiamos y por lo menos una vez debemos hacer lo que nos guste. El resto no importa.

Aterrizando de nuevo… dueños del Cosquín Rock 2014, a eso van. Y sería un gran orgullo que posicionen a nuestro país, pero es mucha presión. Creo que deben ir, disfrutar, poguear, disfrutar, saltar, mirar, cantar, disfrutar, codearse con Charly y disfrutar y fluir, ser ellos mismos. Ser grandes.

Finalmente, y por si no sabían, estos chicos se pasan regalando libros. Y me encanta. Es otro aporte a este país y al universo. Y no regalan libros de autoayuda, no.

De estos chicos solo nos queda esperar el disco, más conciertos y más laureles. Y sin duda, a medida que curtan más escenarios mejoraran esos detalles que faltan ajustar, o no. Solo queda decirles, disfruten de lo efímero de la vida, que parece que lo hacen. Al final, de eso se trata la vida, la música y el rocanrol. Y asumir esta frase de Living Colour "I ain't no glamour boy - I'm fierce. Esa onda nomás es.

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The añamemby’s band tocará el día 3, en el escenario movistar. Esperamos verles a través de los canales del Cosquín. Pestaña en facebook/ Grilla




[2] En vez de improvisar, debí hacerles una entrevista y preguntarles si el homenaje también llega a Gustav Hasford, autor de The Short-Timers, obra en la que se basa Full Metal Jacket de Kubrick.
[3] En esa línea, son recomendables la repartija y línea baja, ambas bandas me cuestan, pero se agradece la actitud, en las letras y en escena. También lo son Trueno y La Mirada Lasciva del Diablo.